Abrí los ojos. No sabría decir si fue la música la razón por la que desperté. Sonaban The Doors. Giré la cabeza para ver un 18. Joder, las seis de la tarde. Me incorporé. Me levanté y me mareé, sentí que necesitaba volver a echarme en la cama. Me puse cómodo y cerré los ojos. No llegué a dormirme pero no sabría decir cuánto tiempo pasó hasta que llamaron a la puerta de mi habitación.
-¡Güey!, ¿estás ahí?
No respondí. Me volví a levantar, esta vez demasiado rápido, y tan pronto com descorrí el cerrojo volvía sobre mis torpes pasos buscando a tientas el refugio entre las sábanas.
-¡Pinche! ¿Qué hases que no me respondes? ¿Acaso tu mamá te crió en un corral, es que no te enseñaron modales? ¡Ahorita levántate!
-Por favor, abre la ventana...- aquel maldito olor, se queda impregnado en el alma, repugnante mezcla de tabaco quemado y sudor. Ya no fumo, pero ese recuerdo se me ha grabado, no sé si en la nariz o en el cerebro, pero duerma donde duerma (y he dormido en lugares muy raros) ese viento nauseabundo se cuela por unos instantes dentro de mí cada vez que despierto.
-¡Sí que hiede acá adentro! ¿Pero qué huevada hisiste anoche? ¡Ay! ¡No sé ni para qué pregunto! ¡Ya te liaste otra ves con los sigarritos! ¡Huevón, si fumas me abres no más un tantito la ventana! -cogió la cinta de la persiana y tiró, un gran crujido y se hizo la luz.
-¡Ándale güey! ¡Levántate ya!
Deseaba que se callara. Que se perdiera y me dejara allí a oscuras con mi olor a ponzoña. Que se esfumara.
Me encontraba acostado de espaladas. Me giré y abrí los ojos. La luz que golpeaba el techo se me clavó en la mirada. Los volví a cerrar y me encogí como un bebé.
-¡Que te levantes güey! -gritó mientras se marchaba a la cocina.
Fue entonces cuando comenzó a sonar la máquina de café. Poco a poco el olor ácido y radiactivo se tornaba en cremoso y seductor. Superé un examen de voluntad y me dirigí hacia la cocina.
Tampoco tomo café hoy en día, y no me gusta dormir más de cinco horas seguidas. Pero aquellos eran otros tiempos, tiempos despreocupados.
Me acerqué a la cafetera y dejé que ese aroma recorriese el interior de mis pulmones.
-¡Pero que pintas me tienes! ¡Ándale, siéntate!
Dejé de esnifar y tomé asiento. Me ajusté en la silla y me desperecé agusto.
-Aquí está el cafetito del señor.
Agarré la tazá, me quemé los dedos y la lengua pero seguí bebiendo.
-¡Cuate!, no me digas que te acostaste con la misma ropa de ayer en la mañana. Tienes que dejar los sigarritos. Te dejan muy lentote. Apuesto 100 pesos a que no recuerdas que senaste anoche, si es que lo hisiste. Eres un porrero, güey -esto último me produjo de inmediato el efecto que se supone el café debía darme en unos minutos.
-Que te jodan -dije sin más.
-¡Güey! ¿Te duele la pura verdad?
Cada uno de sus ojos parecía un plato con una lechuga en medio. Los míos los enfrentaban desde abajo. Finalmente hizo un ademán con la mano, echando por la borda la mirada.
-Anda y que te avienten -cogió su café y bebió-.
-Me largo -me levanté y me dirigí hacia la puerta de salida.
-¡Sí, eso es, adiós! ¡Ignora tus problemas! -gritó a mis espaldas.
Esas palabras me hicieron reaccionar, me giré y le grité a los ojos:
-¿Cómo coño pretendes que te escuche? ¡Ni siquiera eres de México! ¡No te puedo tomar en serio! -instintivamente alcé la mano. Se quedó sin habla, no supo qué contestar. Intentó volver a beber, pero el pulso le temblaba demasiado. Ya tampoco grito, aunque a veces tengo unas irreflenables ganas de hacerlo.
Tiró la taza llena al fregadero y salió de la cocina. Al pasar por mi lado susurró, con una mano puesta en la mejilla para frenar la lágrima que se deslizaba:
-Realmente sabes cómo hacer infeliz a una persona -desapareció tras un gran portazo. Escuché como corría el cerrojo de su habitación.
Sentí la necesidad de un chapuzón en la cara. La metí en el fregadero y giré la llave del grifo al máximo. Fui al baño a secarme la cara, pero antes no pude evitar fijarme en mi rostro reflejado en el espejo. Debo decir que mi primera impresión fue de desagrado. Sí, era mi cara -de la que nunca me he cuestionado gran cosa, ni siquiera lo hago ahora-, pero en aquella mañana y en aquel rostro había algo novedoso. Lo rocé ligeramente con la yema del dedo. No daba crédito y me sentía expectante al mismo tiempo. Aquella grandiosa masa de grasa y desecho eligió como lugar idóneo para montar su negocio mi barbilla. Incluso aquel pelo infectado que la coronaba parecía una bandera victoriosa. Coloqué el dedo índice de mi mano derecha inmediatamente al norte de mi nuevo y precario amigo y al sur del mismo punto el dedo corazón de mi mano izquierda. Presioné. Sonó a piel quebrada y mi rostro reflejado se nubló.
Me mojé de nuevo la cara y me sequé. Fui silbando hasta el perchero. Cogí mi chaqueta de pana y me la puse. Abrí la puerta. Desde allí y con el rozar del viento en el quicio de madera podía escuchar sus sollozos. Salí y cerré cuidadosamente la puerta. Aún sonaba The Doors. La verdad es que nunca me gustaron.
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